Salas de escape: ¿fuga imposible?

Están de moda en todo el mundo y también son un atractivo turístico: las escape rooms proliferan con una fórmula que combina misterio e ingenio. Historias victorianas, enigmas geopolíticos o ficticios dramas familiares alimentan una trama que evoca el clásico acertijo del crimen en una habitación cerrada.

Escape room, o sala de escape: juegos de ingenio en su máxima expresión, estas habitaciones cerradas donde un grupo de familiares o amigos tienen que resolver un misterio dado dentro de un cuarto blindado a cal y canto, sin usar celulares ni ningún dispositivo electrónico, nacieron en Japón y se expandieron rápidamente al resto del mundo. Alejandro Raggio, que creó junto con Adrián Estoup Escape Buenos Aires -una propuesta sobre la Avenida de Mayo, en pleno centro porteño- las define así: “Un juego de aventura físico y mental en el que un grupo de jugadores son encerrados en una habitación para desenlazar enigmas y rompecabezas de todo tipo, para escapar antes de que finalice el tiempo disponible”.

Toda una experiencia

Niebla sobre Londres es una de las salas de Escape Buenos Aires y también el botón de muestra de cómo funcionan: aquí los jugadores deben resolver el misterio de la desaparición del agente Williams, que debía investigar varias muertes en el malfamado barrio Whitechapel. De pronto aparece un mensaje del propio Williams que dice: “Si están leyendo esta carta, es que no estoy en este mundo, mi investigación sobre el asesino me llevó a la mansión de Old Castle. Esta cruzada se volvió contra mí y creo ya es muy tarde. Si alguien está detrás de todo esto, es el loco que vive en la mansión. Todos los indicios apuntan hacia él. Lo sé, es él, no puede ser otro”. Y ahora sí: habrá que poner todo el ingenio en marcha para descubrir de qué se trata, resolviendo acertijos matemáticos, apelando al pensamiento lateral y también a la imaginación. Lo mismo ocurre en Embajada de Krokovia o Necronomicon, las otras game rooms creadas por Raggio, y que están disponibles también en inglés porque la tendencia alcanza a los turistas, curiosos de conocer cómo funcionan estos juegos en otro país y otro idioma.

Sin fronteras

Las “salas misteriosas” son, en efecto, un fenómeno en todo el mundo. En Estados Unidos, donde había solo 220 en 2014, sumaban el año pasado no menos de 2000 y van en aumento. Toda una paradoja, porque en la era de la virtualidad cada vez más grupos dejan de lado sus celulares, se desconectan de Internet y se deciden, como el Rouletabille de El misterio del cuarto amarillo, a resolver misterios con la sola fuerza de su pensamiento. En todo el planeta, son alrededor de 4000, con los escenarios más dispares: desde caníbales dispuestos a comerse a los participantes, hasta la más terrenal (y hasta probable) pesadilla de quedarse encerrado en una oficina y tener que exprimirse los sesos para poder salir. Sin olvidar las que funcionan, como en Dunedin (Nueva Zelanda) dentro de edificios de encierro reales, en este caso la antigua prisión de la ciudad.

Para los especialistas, cada vez que una nueva tecnología se desarrolla aparecen nuevos tipos de juegos posibles: los crucigramas fueron de la mano con la explosión de los diarios; el cubo de Rubik tenían que ver con la habilidad para moldear el plástico, y el éxito de Sudoku dependió de la difusión de las computadoras. La popularidad de las salas de escape, en cambio, se relaciona con el crecimiento de las redes sociales y la “cultura nerd”.

Volviendo a Buenos Aires, en las salas creadas por Alejandro Raggio -que forman parte de una galaxia porteña que abarca más de quince en toda la ciudad- hay una clasificación por su nivel de dificultad (el misterio victoriano de Londres está en el más difícil) y un gusto por los detalles que recrea la perfecta ilusión de estar encerrado con el reloj empeñado en una auténtica cuenta regresiva. Un misterio, cuatro jugadores y sesenta minutos: la conjunción perfecta para divertirse pensando… y tratando de huir al mismo tiempo.

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